Somoto: El paraíso de las rosquillas

En los hornos de Somoto se han conservado durante siglos los alimentos autóctonos, como las inconfundibles rosquillas, cuyo acabado artesanal siempre provoca un delicado placer que se funde en la boca y deleitan el paladar de los clientes más exigentes.

Las generosas tierras somoteñas aportan buenos productos, como el maíz, el queso y la cuajada, ingredientes indispensables para la elaboración de las rosquillas que son hechas por manos laboriosas de mujeres.

Estas mujeres aún conservan las tradiciones artesanales a través de la construcción de talleres, donde fabrican las envidiables rosquillas somoteñas que representan su identificación con el resto del país.

Mujeres como Antonia Soza, María Luisa Nolasco de Vílchez, Dolores Cañada, Guadalupe Espinoza, Leticia Corrales, Victoria Vásquez y Betty Espinoza han cobrado notoriedad en el ámbito nacional e internacional, por la fabricación de rosquillas con una exquisitez que para muchos es única en el mundo.

Las rosquilleras se encuentran dispersas en distintos puntos de la ciudad de Somoto, provocando un ambiente agradable en la localidad, cuando las cazuelas repletas del producto son retiradas de los hornos.

Para hacer las rosquillas se necesita maíz, azúcar, huevo, canela, mantequilla lavada o margarina, leche, cuajada o queso, que es lo más costoso porque su producción depende del invierno.

Las rosquillas somoteñas son asombrosas, a tal punto que representan el símbolo de este pueblo y de las mujeres que fabrican con dignidad dicho producto, que trasciende las fronteras de Nicaragua por su exquisitez.

LA REINA DE LAS ROSQUILLASEl chispear de la leña que arde en el interior de los monumentales hornos es constante. El palmoteo de las mujeres amasando la harina acelera con mayor energía, mientras en la parte izquierda del sitio aparece lentamente una mujer con largos vestidos, cabellos canos y rostro arrugado, marcado por el paso de los años.

María Luisa Nolasco, propietaria de las Rosquillas Vílchez, tiene las manos cruzadas por la espalda. Su rostro se mostraba evasivo a la cámara fotográfica, aunque sus hijas Luz Haydée y Danelia, dan señales de alegría a pesar de la tarde calurosa.

Al sentir el viento que corría por su espalda ella continuó caminando para supervisar el trabajo de las demás empleadas y, al fin, su hija Luz Haydée la convenció que se sentara y platicara con los miembros del equipo de LA PRENSA.

María Luisa: “A mí poco me gusta salir en los periódicos, recuerdo que una vez me sacaron en una revista de la Alcaldía de Somoto al cumplir 50 años de trabajar como rosquillera”, recuerda con una sonrisa doña María Luisa.

Acto seguido puso sus manos sobre la pelota de harina para darle forma a las históricas rosquillas, hojaldras y quesadillas. En ese momento le sobrevino un destello de recuerdos, al hacer memoria de su intempestiva llegada a Somoto.

A sus 83 años, recordó el azul del cielo en el día que conoció a Francisco Vílchez Ramírez, un somoteño que vivía en Tegucigalpa, la capital hondureña, y que llegó a ese país en busca de trabajo.

María Luisa: “A los nicaragüenses en Honduras les dicen mucos. Entonces cuando yo tenía 19 años me decían que en el vecindario vivía una familia de mucos y uno de ellos era Francisco, de quien me enamoré. Imagínense una catracha enamorada de un muco... ja, ja, ja”, refiere.

La legendaria rosquillera respiró con un estremecimiento, volviendo su rostro arrugado para ver la leña que ardía en unos de sus tres hornos que calentaba para introducir la primera tanda de rosquillas.

María Luisa: “Estando enamorados planeamos el gran escape hacia Somoto, la tierra de mi marido, para vivir aquí para siempre”, narra, luego de lanzar una mirada preocupada porque, según ella, no le gusta contar la odisea que le tocó vivir por el amor de un nicaragüense.

Tan sólo frunció el ceño y sacudió la cabeza ligeramente para relatar que caminaron durante ocho días hasta llegar a la tierra prometida.

Originaria de la localidad Marcada, en el departamento de La Paz, y criada en Tegucigalpa, la octogenaria cuenta:

María Luisa: “Él me robó de Honduras y entramos a Somoto por la comunidad El Guayabo y todo eso dejó como resultado 9 hijos: 5 varones y 4 hembras”.

Alzó la vista, se levantó y caminó un poco para mostrar el queso que utiliza para las rosquillas y en pocos minutos ocupó nuevamente el asiento para continuar con el relato.

María Luisa: “Sinceramente nunca pensé que después de venirme de Honduras, mi país de origen, me convertiría en una de las primeras rosquilleras de Somoto”, afirma.

En honor a su marido y a sus hijas, la fábrica la bautizó con el nombre de Rosquillas Vílchez, que ha perdurado a través de los años como una de las mejores del país.

—Dicen que usted es la rosquillera más famosa de Somoto y por consiguiente de Nicaragua. ¿Es verdad?

María Luisa: No es cierto, aquí hay otras rosquilleras mejores que yo.

—¿Cómo quiénes?

María Luisa: Le voy a mencionar a las Soza, Victoria Vásquez, Guadalupe y Betty Espinoza, así como Aurora Cañada y sus hijas Consuelo, Sandra y Lesbia y varias que se me escapaban el nombre ahorita.

—¿Son muchas?

María Luisa: ¡Uhhh! Somos muchas. Dicen que aquí en Somoto hay como 25 talleres pequeños y grandes.

—¿Para Somoto qué significan las productoras de rosquilleras?

María Luisa: Las rosquilleras somoteñas somos mujeres luchadoras que vivimos del maíz y que hemos recorrido un largo camino, y siempre seguimos para adelante.

—¿Qué significa hacer rosquillas?

María Luisa: Hacer rosquillas es un arte y lo esencial es saber mezclar los ingredientes, como la harina, margarina, mantequilla, azúcar y demás cosas.

—¿Tienen alguna magia las rosquillas somoteñas?

María Luisa: No sabemos por qué a la gente le gustan tanto nuestras rosquillas. Creo que la magia está en el queso. Todo depende del tipo de queso o cuajada.

—¿Cómo se inició en el mundo de las rosquillas?

María Luisa: Comencé a hacer rosquillas para entretenerme en la casa.

—¿Alguien le enseñó?

María Luisa: Aprendí de mi cuñada Adilia Ramírez, que hacía rosquillas y otro tipo de pan, pero yo me incliné sólo por las rosquillas.

—¿Horneaba mucho?

María Luisa: Empecé con poquito, pero ahora horno la cantidad de seis arrobas de maíz, que me dan 330 cazuelas, algo así como 200 bolsas y cada una de ellas contienen 150 unidades, entonces serían... 30 mil rosquillas diarias.

ORIGEN DE SOMOTO

Los orígenes de los primeros pobladores de Somoto se encuentran en la tribu los Chorotegas, que probablemente penetró a través de las rutas de los ríos Choluteca y Güasaule.

Los invasores aztecas o pipiles, le otorgaron el nombre de Xomotopetl y Tepesomoto, en honor a una montaña próxima al poblado, en cuyo hábitat existía el pájaro Xomontli, con un plumaje vistoso, similar al Quetzal.

El primer nombre asignado a Somoto fue el de Tepesonate (Cerro de Agua).

Los españoles también le llamaron Santiago de Tepesomoto, luego que los indígenas rechazaron el ataque de los piratas ingleses.

El último nombre fue Somoto. Tepesomot, en lenguaje chorotegano: Tepecxomotl, significa Cerro de los Gansos.

EXPONENTE NACIONAL

Somoto, ubicado en el departamento de Madriz, en la propia frontera con Honduras, se ha convertido en un sitio turístico porque continúa siendo el exponente más importante de las mejores rosquillas nicaragüenses.

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